¿Guardamos una ilusión o estamos posponiendo un sufrimiento? El propósito de la existencia no es esquivar el dolor. El esfuerzo evolutivo de millones de años de nuestra especie no pudo haber desembocado en una misión tan parca como la de escurrírsele al sufrimiento. Entonces, ¿por qué a la hora de decidir (asuntos grandes y pequeños), nuestra apuesta fuerte es a ahorrarnos un nuevo pesar en lugar de apuntarle a una vida feliz? Resulta que al cerebro consciente le aterra la idea de sufrir.

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Además de “sentirse culpable por todo”, ¿qué otro talento tiene usted? En este mundo, mientras unos tienen vocación de servicio, otros de investigación, etc., hay muchos que tienen (que tenemos) vocación de culpa. Comprendemos que sentirnos mal por el pasado es tan útil como llorar sobre la leche derramada pero insistimos en sentirla sin fijarnos en el lío adicional: la culpa, como las hamburguesas, suele venir en combo. En este caso con miedo y vergüenza. Y en combo agrandado, claro.

Todos estamos conectados Si la vida funcionara como las transacciones de la bolsa de valores, donde para recibir una cosa hay que entregar a cambio otra, ninguno de nosotros habría vivido la mitad de todas las escenas lindas que ha protagonizado, ¿o sí? Veamos: ¿prepagó la gentileza de ese extraño?, ¿remó muy duro para que los colores del atardecer tuvieran ese tono ámbar tan fotogénico?, ¿pasó muchas noches sin dormir para que a ese humano irresistible le pusieran esos ojazos con los que lo mira? Y, a pesar de que todas esas bellezas pasan –y pasarán- sin nuestra intervención, cuando las estamos disfrutando y no nos cabe más alegría en el pecho, el cerebro (en su afán de sellar cualquier rendija por donde se pueda colar el sufrimiento), interrumpe el trance mágico en el que estamos con la pregunta más floja (y más arruinadora de momentos) que podemos hacernos alguna vez: “¿Con cuánto dolor voy a pagar luego por todo esto tan bueno?”.

Hija, como soy, de este sistema, tengo que admitir que en mi cabeza rondan todos los sueños del capitalismo de Adam Smith: me gustaría comprar una casa grande; tengo la suscripción a Vogue para soñar; por supuesto quiero el nuevo iPhone y claro que estaría encantada de pasar un fin de semana en el Ritz de París. La dinámica del bienestar capitalista es simple: usted da el dinero y a cambio se libera del pesar de tener lo mismo de siempre. “El encanto dura lo que dure el deseo. Y, cuando se desencante, tranquilo: le vendemos un sueño nuevo”. Impecable.

 

 

¿Cuándo fue la última vez que estuvo con usted mismo? Para estarlo no hace falta mudarse al campo, irse a un retiro espiritual ni hacer nada muy raro; basta con que se le mida a parar un momento y a enfocar su atención en lo bien que se siente inhalar y exhalar; no más. Por supuesto en cuanto haya tomado unas tres respiraciones conscientes, el cerebro le va a reclamar: “¡¿Y jugando a no pensar vamos a solucionar todo?!”. No va a ser fácil pero le estoy hablando de arriesgarse a frenar y mirarse al ombligo porque ser capaz de estar a solas es un prerrequisito –en el rango de “indispensable”- para su felicidad.

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